Monday, November 16, 2009

Martinsville, desde los 'pits' - Parte V - Por: Eduardo Bechara Navratilova


Cerca a Lexington me frena un trancón. “Trabajos en la vía a cuatro millas”, leo en un aviso. No te puedo creer. El reloj marca las 8:20 p.m. Me tomo la cara con las manos. La fila de carros se mueve de vez en cuando. Prendo la cámara y veo las fotos que tomé en la carrera. Cierro los ojos y dormito cada vez que los vehículos frenan. 8:40, 9:00 p.m. Las cuatro millas transcurren de forma tortuosa. A las 9:30 paso junto a las aplanadoras que nivelan el asfalto ante los rayos de unos reflectores poderosos.




Ubico el carro en el carril de alta velocidad y subo a 75 mph. Mi estimativo inicial se fue a la mierda. La noche empieza a pasar de largo ante el tramo eterno de la carretera interestatal. Entro a Virginia del Oeste, mi mente puesta en llegar a casa, terminar esta odisea de mil millas, aprovechar el día de mañana escribiendo.





Una modorra me invade. Tomo agua. Me despabilo. Como un pedazo de queso. Tengo hambre y sueño. Necesito ir al baño. El medidor de combustible marca un cuarto de tanque. ¿Cuando vas a parar? Más adelante. Sigo recorriendo millas entre el tráfico de tractomulas que se pasan unas a otras, interrumpiendo el impulso de los carros. Tomo agua de nuevo, froto mis ojos con las palmas de las manos. Quiero estirar la parada hasta las afueras de Harrisburg.





A las 11:15 p.m. entro a Maryland. La botella de agua yace vacía sobre el puesto del copiloto. Tomo un cuncho que sobra. ¿Por qué haces esto? Le dijiste a papá que pararías si te sentías muy cansado.





A las 12:30 a.m. mi vejiga está a reventar. Paro en una estación de servicio al norte de Williamsport. Me hecho agua fría en la cara. Mis ojos lucen irritados. Ojeras prominentes denuncian mi cansancio. Estás hecho mierda.





Salgo del baño y me sirvo un tinto cargado. Me preparo un par de perros calientes con queso derretido y me los como pensando en que me faltan unas 80 millas por la I – 81 N, 84.5 por la I – 76 y 18 por la I – 476 vía Valley Forge, en las afueras de ‘Philly’.

- Winter is coming -, dice un hombre que entra frotando sus manos.





Le pago a la tendera, una mujer de mediana edad con acento sureño y le pongo treinta dólares de combustible al carro. Mi mano está a punto de congelarse cuando dejo la manguera en el repartidor. El tablero del carro marca 37º F. Salgo a la carretera sintiéndome renovado. Mis ojos se concentran en la vía sin hacer tanto esfuerzo. Me nivelo en 75 mph y paso tractomulas con paciencia. No quiero quemar el pan en la puerta del horno.





A medida en que me acerco a Harrisburg el radio empieza a captar emisoras de ‘Philly’. En una andan pasando clásicos de los ochentas y noventas. Eye of the Tiger, Survivor, Against all Odds, Phil Collins, Time for me to Fly, Reo Speedwagon y Miles Away, Winger, entre otras.





Salgo a la carretera estatal PA – 581. La recorro por 7.4 millas. Desemboco en la I – 83 S que ando por 2.2 millas hasta entrar en la I – 76, el Pennsylvania Turnpike, en dirección a Filadelfia. Me regulo en 70 mph y empiezo a descontar millas en la autopista de tres carriles. La ausencia de tractomulas hace la manejada más agradable.





A medida en que me acerco a ‘Philly’ me entra un segundo aire. Mis ojos abiertos sobre la carretera despejada, las luces lejanas de un carro en el retrovisor. Me siento ganador. ¡Maldita sea! ¿Ves que todo es posible? Te propones algo y le doblas el brazo a la situación. Es éste sentimiento de triunfo el que me motiva a hacer estas cosas. No hay límites sino los que tu mismo te impongas. Planeas algo y lo ejecutas.





Filadelfia a 20 millas indica un aviso. A esta velocidad estaré en casa pronto. La desviación a Valley Forge está cerca, todo territorio conocido. El reloj marca las 2:30 a.m. Puedo estar entrando a mi apartamento a las 3:15. Aún debo buscar parqueo en las calles del centro y caminar hasta mi edificio en la 13 con Chestnut. Don’t Stop Believin’, Journey, suena en el radio. Subo el volumen. Es lo que siempre he dicho, le pones la cara al miedo y lo vences.





Un fantasma salta frente a mi carro. ¿Un fantasma? ¿Cual fantasma? Un fantasma de ojo verde. Alcanzo a verlo. Es grande y luminoso. Me mira con angustia. Malditas películas de terror, te rayan la mente. Llenan tu psiquis de miedos infundados. Su cabeza alargada se inclina contra el capó del carro. Es un macho. De cuernos extensos, cuerpo macizo y musculoso. ¡Mierda! Un fantasma. Sus cuernos golpean contra el capó, su cuerpo contra la punta izquierda de mi BMW 530 modelo 1994. Me voy hacia delante. Aprieto el timón, tensiono los músculos. ¡Demonios! ¿Qué es esto? El sonido seco de latas hundiéndose resuena por encima de la canción. El animal sale disparado en diagonal. La oscuridad se lo traga. “… their shadows searching in the night”, canta Journey. ¡No es posible! Apago el radio. Un fantasma. Apareció de la nada.





‘No ‘left beams’ me indica el tablero. ¡Maldita sea! Como si no lo supiera. Un ronroneo continuo del guardafango contra la llanta confirma que todo se fue a la mierda. No lo creo. Perdí el BM que me costó tres mil cuatrocientos dólares - las bellezas de la sociedad capitalista -. Puedes tener el carro de una persona rica pero si le pasa algo debes botarlo a la caneca.





¿Qué pasó? ¡Dime! Te juro que no lo vi. Saltó de la nada. Un hueco en el cuello de mi estomago. No te lo puedo creer. Te dije que terminaras el viaje mañana. Eso no tiene nada que ver, me sentía bien, salió de la nada, ¿no te das cuenta que ni siquiera pude frenar?





- Acabo de atropellar un venado -, le digo a mamá ante la mirada de una joven que detalla la punta del carro. Acelera su ‘Station Wagon’ y sigue adelante.





- ¿Qué le pasó al venado? -, pregunta mamá.

- Creo que no me has entendido. Acabo de tener un accidente -, la señal se cae. Vuelvo a llamar.




- Edu, qué pasó -, contesta papá.

- Un venado me saltó de la nada. Lo vi cuando estaba encima. Ni siquiera pude frenar. Estoy a 20 millas de ‘Philly’.

- ¿Estás bien?

- El carro está vuelto mierda. Lo totalicé. Perdí el carro, ¿entiendes?

- ¿Todavía anda?

- Sí, pero el guardafango da contra la llanta -, digo ante la imagen de otro venado tendido en la mitad de la carretera. Sus extremidades tiesas denotan rigor mortis.

- Manéjalo hasta Filadelfia. Mañana lo llevas al taller.



Mi record de 20 años sin estrellarme se fue al carajo. Se te juntan las cosas y parece como si algo conspirara en tu contra. Pago con dificultad el arriendo; ahora esto. ¡Maldita suerte! Tientas el destino y te comes tus palabras. Me vine a los Estados Unidos para intentar surgir y me tocó su crisis. Estoy harto de las crisis. La que viví en Colombia, la actual, la del mundo entero y los seres humanos mostrando su peor cara. Habitamos un planeta de locos.





“Estaba a 20 millas de ‘Philly’. Un venado me saltó encima. Iba a 70 mph. El golpe fue durísimo”. Le envío el mensaje de texto a Pali en Houston y a Pispe en Miami.





- ¿Quieres que te valla a rescatar? -, me pregunta Annete.

- Voy por la I – 76, no por la I – 95.





Hasta que te cobraron la osadía. Años de tentar la suerte, recorrer el mundo sin descanso. Algo tenía que pasar tarde o temprano. No seas tan trágico. Cualquiera tiene un accidente. Sí había oído que los venados se le tiran a las luces. ¿Alguien me puede explicar por qué?





Un aviso indica las millas a Trenton y Princeton en Nueva Jersey. ¿Es posible? Perdí la entrada a Valley Forge. No voy por la I – 76 sino por la I – 276. Los músculos de mi cara duelen. Mi mandíbula está tiesa.




Conduzco por media hora hasta que un anuncio indica la salida a ‘North Philly’. La tomo y pago el peaje. Ando lejos del centro. Freno en un semáforo ante el sonido del ventilador que se acelera y desacelera a su propio arbitrio. Recorro Roosevelt Boulevard plagada de semáforos. Me desvío por la salida al ‘Northeast Philadelphia Airport’. El ruido en el guardafango se intensifica cuando doy la curva. El timón no gira del todo. Te lo dije, totalizaste tu carro, el golpe es grave. Un arreglo en una concesionaria te puede costar catorce o quince mil dólares. Busco la salida de la I - 95 hacia el sur. Cada chillido de la llanta me quema el estómago. El que produce cuando doblo a la derecha es aún peor. Entro a la carretera interestatal con aprensión. Me ubico en el carril derecho a 50 mph. Temo que el carro falle en cualquier momento. Ya son las 3:55 a.m. Tractomulas con las luces altas me pasan por el carril del medio.





El reloj amarillo de ‘City Hall’ relumbra entre los rascacielos que dibujan sus puntas filudas ante el hemisferio. El puente Benjamin Franklin aumenta su tamaño a medida en que me acerco bordeando el río Delaware. Me desvío por la salida a la I – 676 y salgo por Broad Street. La recorro con un nudo en la garganta. No hay satisfacción de misión cumplida. Nada es igual que antes. Hastío y desagrado enrarecen el ambiente. Annete llama.





- ¿Ya llegaste?

- Estoy parqueando -, le respondo metiendo el carro en un espacio que encuentro por Pine Street bajo un farol. El reloj marca las 4:10 a.m., casi 24 horas después de salir hacia Martinsville.




- Te juro que no quiero mirar -, le digo apagando el carro. Saco mis cosas, hecho seguro y me acerco hacia la punta de forma timorata. - El capó está doblado en la punta. Tiene los cuernos marcados. Toda la pieza anda desviada hacia la izquierda. El guardafango parece un acordeón. Se corrió hasta la llanta. Las luces quedaron destrozadas, - añado tomando mi cabeza. - El cocuyo no existe. El ‘bomper ‘se volvió pedazos. La parrilla anda rota al igual que el babero.

- Bueno, pero el seguro te lo paga.


- No tengo seguro de accidente. ¿Sabes cuanto cuesta? Lo jugué a una apuesta y lo perdí. Ahora no puedo hablar. Necesito estar solo, lo siento -. Cierro el celular, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta y camino bajo la penumbra de las calles solitarias.



Sunday, November 08, 2009

Martinsville, desde los 'pits' - Parte IV - Por: Eduardo Bechara Navratilova

Kenseth es el primero en entrar a ‘pits’ en bandera verde. Hamlin, Johnson y Montoya pasan coleros a los que les toman dos vueltas. Biffle entra, seguido por Brian Vickers en su bólido número 83, con el toro rojo de Red Bull pintado en el costado. Reagan, Boyer, Truex Jr., y Edwards entran junto a los demás pilotos que no lo hicieron en la última amarilla.


Montoya desacelera y entra en la vuelta cuatrocientos treinta y tres, Johnson en la cuatrocientos treinta y cuatro, Hamlin dos giros después. Sale retomando la punta. Johnson mantiene su segundo lugar, Montoya el tercero a dos segundos.





Camino de vuelta a sus ‘pits’. Shannon Spake luce su overol blanco de mangas rojas. Ajusta sus audífonos ante la filmadora de ESPN, sube su micrófono a la boca y hace algunos comentarios en vivo.



Elliott Sadler golpea a John Andretti por atrás y el piloto de Pensilvania hace un trompo. La amarilla número doce ondea en la vuelta cuatrocientos cuarenta y dos. Nadie entra a ‘pits’. La carrera se relanza. Hamlin defiende el liderato. Montoya ataca a Johnson por afuera. Los tres pasan uno atrás del otro. Aquí se está peleando la carrera. La punta está ahí: tan lejos pero tan cerca. Los mecánicos del colombiano le hacen fuerza, sus ojos fijos sobre la pantalla del autódromo.


Gordon le recorta distancia al bogotano y lo desafía por adentro. Montoya se defiende. El cuatro veces campeón de la Nascar le mete la punta de su carro por adentro. Entran puerta a puerta en la curva uno, salen pegados en la dos, Montoya defiende su tercer lugar. Entran juntos a la tres, salen de la cuatro aún pegados, Montoya se defiende durante otra vuelta hasta que Gordon le saca ventaja en la curva y lo rebasa. Gonzo levanta los hombros.





Una nueva amarilla ondea en la vuelta cuatrocientos ochenta y tres por suciedad en la pista. Los carros dan un par de giros hasta que el ‘pace car’ apaga sus luces y los bólidos se lanzan sobre la recta. Montoya ataca a Gordon por adentro. Entran a la curva uno, salen de la dos puerta a puerta, entran a la tres. Gordon sale mal parado de la cuatro y Montoya lo supera en la recta. ¡Así se hace! lo celebro. Tiene a Johnson enfrente, Hamlin se escapa adelante.





Scott Speed se va contra el muro en la vuelta cuatrocientos noventa y cinco generando una nueva amarilla. Su carro destrozado en la pantalla. Pasa por la línea de ‘pits’ arrastrando la parte trasera del vehículo. Los bólidos forman en doble fila tras el ‘pace car’ y la carrera se relanza en la vuelta cuatrocientos noventa y nueve para un último giro en banderas verde y blanca.





Johnson ataca a Hamlin, pero el joven piloto defiende el liderato, Montoya defiende su tercer puesto. Entran a la curva uno, salen en la dos, los bólidos zumban entrando a la tres y rugen por la cuatro hacia la recta. Hamlin cruza la línea de meta seguido por Johnson y Montoya. Tercero. Tercero. ¡Mierda! Estuvo cerca.





Hamlin da trompos y quema llantas. Su bólido girando entre una cortina de humo. Le da la vuelta al autódromo con la bandera a cuadros. Montoya frena en línea de ‘pits’. Sale por la ventana de su carro así como lo hacían Bo y Luke en la vieja serie de T.V. los Duques de Hazzard. Gonzo, Brian Pattie y una comitiva llega a su encuentro. Reconozco a Pablo Montoya, el papá de Juan Pablo, con su barba oscura y ojos vivaces.

- Lástima que no hemos podido celebrar -, le digo.

- Pero ahí vamos dando la pelea, que es lo importante.

Shannon Spake entrevista a Montoya. El corredor habla al micrófono mostrando las marcas frescas del casco y audífonos. Se va con Gonzo, Pablo y la comitiva del equipo hacia el centro de prensa. Johnson besa a su esposa y responde preguntas a un reportero de ESPN.





Los mecánicos del Earnhardt Ganassi Racing desmontan el centro de operaciones. Los aficionados abandonan las tribunas ante los últimos rayos de la tarde.





- Montoya y Gordon se están echando vainas -, comenta papá por celular. – Montoya dice que Gordon no le estaba dando espacio y Gordon dice que Montoya anda corriendo de manera agresiva.

- Ese es el Montoya que nos gusta, ¿no? -, le respondo camino al centro de prensa.

- ¿A qué hora te vas para ‘Philly’?

- Salgo ya. Voy a ver si hay algo de comer en el centro de prensa y me voy -, te prometo que paro en algún lado si me siento muy cansado. Entro y me sirvo un plato de marañones y pistachos. Los masco mientras Johnson se alista para la rueda de prensa.

- ¿Ya se cree ganador del título? -, le pregunta un periodista.

- Aún no, pero el equipo se siente con mucha confianza. A menos de que tengamos problemas mecánicos estaremos competitivos para las últimas cuatro carreras -, dice bajo su gorra negra de Lowe’s.

- ¿Por qué cree que los pilotos que están en el ‘Chase’ han terminado en los primeros lugares de forma sistemática en todas las carreras?

- Eso confirma que han sido los mejores equipos durante el año. Hay otros que andan haciendo pruebas para el 2010 y no toman estas carreras tan en serio. Algunos otros andan desmotivados, es normal -, añade bebiendo un trago de Gatorade.

- ¿A qué le atribuye su éxito recurrente?

- Al trabajo de equipo. Mis mecánicos me ayudan a ganar muchos puestos en ‘pits’. Estoy muy agradecido con ellos.





Termino de escuchar sus respuestas y salgo a la tarde que cae llenando al cielo de tonos turquesas. Cruzo la pista hacia la salida en la puerta norte. Johnson camina apresurado hasta que un carrito de golf lo recoge y pasa a mi lado. Lo sigo y me abro paso entre la gente.





- No te imaginas lo que acabo de ver, Bob -, comenta un aficionado. –Jimmie Johnson, acaba de pasar por aquí.

- ¿Me estás jodiendo? No te creo -, responde un hombre bajando las cejas de forma incrédula. Toma un trago de su lata de cerveza.





Escalo la loma en busca de mi carro. El reloj marca las 6:15 p.m. De irme ya estaría llegando a ‘Philly’ hacia la 1:30 a.m. Lo enciendo y me ubico en la cola de la fila. No se mueve. Pasan 10 minutos, 20. Llamo a papá.





- Johnson dijo que sus mecánicos siempre le ganan posiciones en los ´pits’.

- Montoya siempre las pierde. En Charlotte iba haciendo una muy buena carrera hasta que salió rezagado y Martin lo chocó. Eso ha pasado muchas veces. Se choca después de que sale de ‘pits’ en la mitad del grupo, donde hay mucho mayor riesgo de accidentarse.

- Cuando ganó la Cart en 1999, siempre lo sacaban adelante de sus contendores. Así es como se ganan carreras y campeonatos.





Los carros empiezan a salir del parqueadero hacia las 7:00 p.m. El trancón se va aligerando en Greensboro Rd. Tomo la US-220 N en dirección a Roanoke. El tráfico anda a 15 millas de velocidad menos que su límite de 65 mph. Lo sigo con calma a sabiendas de que el camino es largo. Lo peor que puedo hacer es desesperarme. Con esta demora debo estar llegando hacia las 2:00 a.m.

- Por lo menos andas bajo las estrellas -, me dice Annete por celular. – No bajo la lluvia como hace una semana cuando volvíamos de Charlotte.

Recorro las 62 millas hasta Roanoke y tomo la I – 81 N que debo recorrer por 277.8 millas hasta las puertas de Harrisburg, en Pensilvania. El tráfico se aligera y me estabilizo en 70 mph. Empiezo a pasar tractomulas y camiones por la carretera interestatal que entra a Virginia del oeste. Me alieno en una especie de transe temporal en el que pasan los kilómetros y minutos ante una oscuridad de boca de lobo.





Aprieto los ojos para mantenerlos enfocados. Noto el cansancio del día en la tensión de mis hombros, la fatiga de mis músculos. Intento relajarme. Me siento derecho y cambio de emisora en busca de alguna música que me guste. Nada, puras canciones ‘country’. Moteles de carretera pasan de largo. Podrías parar, ¿sabes? Dejar el resto del camino para mañana, al fin y al cabo dictas clase el martes. Quiero llegar, matar la carretera ahora que se despejó, mañana estará llena de carros. Estás cansado, hazme caso.



Saturday, November 07, 2009

Martinsville, desde los 'pits' - Parte III - Por: Eduardo Bechara Navratilova



Montoya le recorta distancia a Tuex Jr., le llena los espejos y lo desafía por el tercer lugar. Mete la punta de su carro por adentro pero Dale Earnhardt pierde una llanta y la tercera amarilla ondea en la vuelta ochenta y nueve. Los bólidos siguen al ‘pace car’. Entran a ‘pits’.





El carro rojo frena entre el rectángulo y los mecánicos corren a cambiar los neumáticos externos. Gordon, Reutimann y Kevin Harvick pasan en busca de sus ‘pits’. Un par de ingenieros le hacen un ajuste aerodinámico girando una cruceta en la parte trasera izquierda del vehículo. Lo abasten de combustible y Montoya sale dejando una estela de humo a su paso. Cruza la salida de ‘pits’ en el quinto lugar perdiendo el cuarto con Gordon.



La carrera se reinicia con Johnson en la punta, Newman segundo, Martin tercero. Montoya lucha puerta a puerta con Gordon por afuera. El cuatro veces campeón de la Nascar defiende la cuerda. Montoya lo ataca por adentro. En la siguiente vuelta lo pasa. Sus ingenieros sonríen. Los pilotos se estabilizan en esas posiciones y empiezan a sumar giros hasta que Earnhardt Jr. se va contra el muro en la vuelta ciento veintiocho.





- ¿Puedo ir hasta el muro de contención para tomar fotos? -, le pregunto a uno de los mecánicos de Montoya.

- Sí dale.



Me ubico tras el camarógrafo de ESPN que se arrodilla con la filmadora al hombro, captando la llegada del colombiano. Le cambian los neumáticos de un lado y otro. Tomo fotos. Sale rapidísimo dejando líneas de caucho sobre el concreto. Cruza de segundo la salida ante el aplauso de uno de sus mecánicos.





Johnson lidera el reinicio. Montoya lo desafía por afuera. Johnson se defiende, el colombiano llena sus espejos en las vueltas ciento treinta y ocho y ciento treinta y nueve, lo ataca por adentro, Johnson se defiende. Montoya mete la punta de su bólido por adentro, le recorta distancia y entran a la curva tres puerta a puerta, la tribuna exclama sorprendida. El bogotano sale de la cuatro bien parado, el campeón actual lo escolta. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! Ahora sí. Esto es lo que se llama correr, ¡maldita sea! Montoya ha vuelto a ser el de antes, el del ojo del tigre que se come a sus adversarios, el retador desafiante.





Su bólido impone el paso en la corta pista. Johnson intenta seguir su ritmo. Los dos le sacan ventaja a Newman, Gordon y Martin. Sería increíble verlo ganar. Ratificaría el trabajo de una temporada de resurrección que lo ha visto contender por el título. Le callaría la boca a estos norteamericanos incrédulos que aún no le dan crédito.





Gira en punta durante algunas vueltas hasta que ondea la amarilla número cinco por suciedad en la pista. El colombiano no entra a ‘pits’. Ninguno de los doce primeros lo hace.





- ¡Montoya es un putas! -, dice papá por teléfono. – Su pasada me hizo recordar la que le hizo a Michael Schumacher en Brasil.

- La historia tiene que poner a Montoya en el lugar que se merece. Por eso es que hay que historiarlo.



La verde ondea en la vuelta ciento sesenta y tres y la carrera se reinicia, el bólido del colombiano en punta. Montoya y Johnson vuelven a sacar ventaja sobre el resto de competidores hasta que David Stremme y Sam Hornish Jr. se estrellan en la vuelta ciento setenta y seis.





El bogotano entra a ‘pits’, Johnson lo sigue. Le cambian los neumáticos y recargan de combustible. Un mecánico intenta sacarle un golpe en el guardafango delantero derecho. Montoya acelera y su bólido ruge. Recorre la línea de ‘pits’ con rapidez, pero Johnson sale adelante suyo. La pantalla lo muestra en el puesto diecinueve tras los carros que no entraron.





- Se dejó adelantar por Johnson -, dice papá.

- Le estaban desdoblando el guardafango. Igual veo al equipo cada vez más rápido.





La carrera se relanza. Johnson adelanta algunos bólidos por afuera. Montoya luce comprimido en el carril interno. Kasey Kahne le obstaculiza el paso pero el colombiano le da pequeños golpes por detrás y lo aparta de su camino.





- Está encajonado por adentro -, dice papá.

- Si pero ya se libró de Kahne quien siempre lo estorba.





Johnson continúa adelantando competidores. Montoya pelea con Martin por el puesto diecisiete. Denny Hamlin pasa a Jeff Burton por afuera arrebatándole la punta. Johnson y Montoya trabajan su ascenso hacia la punta. El piloto californiano sube al noveno, el bogotano al undécimo. Hornish Jr. hace un trompo en la recta principal generando la séptima amarilla.





El ‘pace car’ se ubica frente a Hamlin. Algunos bólidos entran a ‘pits’ ante un sol radiante que aparece ante el cielo despejado. Gonzo llega a mi lado.

- Montoya anda corriendo muy bien. De forma agresiva como en los viejos tiempos.

- La carrera es larga -, responde inclinando la cabeza hacia un lado. - ¿La crónica sale mañana? -, pregunta.

- En el transcurso de la semana. Cuando se acabe la carrera debo viajar ocho horas de vuelta a Filadelfia -. Abre los ojos cuando lo digo. – Aparte, debo transcribir todo esto -. Le muestro mis anotaciones en la libreta. - Lo que escribo no es un artículo periodístico sino un escrito con carácter literario, lo que aquí en Estados Unidos llaman “creative non-fiction”, un evento real narrado en forma literaria.





Gonzo ajusta sus audífonos y ve el relanzamiento con Hamlin en la punta. Montoya pasa a Martin. Johnson escala al tercer lugar. Montoya al sexto. Kahne hace un trompo y ondea una nueva amarilla. Pasa por línea de ‘pits’ con la parte trasera de su bólido hecha un acordeón.





El colombiano pasa a McMurray por el quinto, a Harvick por el cuarto. Se ubica detrás de Johnson quien adelanta a Kyle Bush. Montoya supera a Bush en la vuelta doscientos cuarenta. Johnson le recorta distancia a Hamlin, Montoya a Johnson. Los tres giran juntos distanciándose del resto.





A.J. Allmendiger y Joey Logano golpean sus parachoques en la vuelta doscientos cincuenta y uno. A.J., se va contra el muro de contención. El ‘pace car’ sale frente a Hamlin. Abren ‘pits’. El colombiano llega de forma apresurada. Le cambian las cuatro llantas y lo abastecen de combustible ante la mirada de un oficial de carrera.





Johnson pasa a Hamlin en ‘pits’, Martin a Montoya. En el reinicio Hamlin pierde el segundo puesto con Martin, Montoya el cuarto con Biffle. Lo recupera en la vuelta doscientos sesenta y cuatro. Pone la punta de su bólido por adentro de la cola de Hamlin y sale por la curva cuatro adelante del joven corredor de Chesterfield, Virginia, nacido en noviembre de 1980. Johnson, Martin y Montoya lideran la carrera hasta que Kahne golpea a John Andretti en la vuelta doscientos setenta y seis. Los líderes no entran a ‘pits’. Stewart sí lo hace.





La carrera se relanza con Johnson en la punta, Martin segundo y Montoya tercero. El bogotano desafía al piloto de cincuenta años nacido en Arkansas y lo pasa en la salida a la recta. Le unta el carro a Johnson en la curva uno, en la rectal, en la curva tres. Le llena los espejos por un lado y por el otro pero el campeón actual se defiende.




Kahne se come el muro de contención y ondea una nueva amarilla. Montoya entra segundo a ‘pits’ y sale quinto. Algunos bólidos no entran y el tablero lo muestra de noveno. Camino al centro de prensa donde me aprovisiono de un plato de nueces. Los comentaristas de ESPN dicen por T.V. que Montoya no tiene ningún inconveniente en empujar a Johnson y abrirse paso en la pista. – Al fin y al cabo ha sido el único piloto que ha logrado pasarlo en ésta carrera -, comenta uno de ellos.





Descanso un rato del ruido ensordecedor y salgo de nuevo. Me dirijo al otro lado del autódromo en la curva tres. Algunos fotógrafos se recuestan contra el muro de contención capturando los mejores ángulos. Me abro un espacio y empiezo a disparar mi cámara frente a la entrada a ‘pits’. El ruido constante perfora tus oídos. Sientes la vibración en la ropa.





Johnson adelanta por adentro a Reutimann y asciende al segundo lugar. Montoya pasa a Kenseth, a Martin y a Elliott Sadler por el sexto. Supera a Stewart y a Harvick por el cuarto. Hamlin pasa a Reutimann por el tercero. Montoya y Martin también lo superan. La carrera se estabiliza y los líderes empiezan a pasar coleros.





Pedazos de goma desperdigados pueblan el borde de la pista. Earnhardt toma la entrada de ‘pits’ dejando una estela de olor a quemado. Hamlin ataca a Johnson por la punta. Lo pasa en la vuelta trescientos sesenta y tres. Montoya espera desde atrás. A medida en que la carrera se acerca a la vuelta cuatrocientos la gente empieza a ponerse inquieta. El momento de la verdad se acerca, puedes respirarlo en el ambiente.



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Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo. En la actualidad realiza una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.



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